Mi regalo divino de 23 años fue un choque automovilístico espectacular, en el que milagrosamente nadie salió herido. Dicha situación me devolvió a la vida peatonal que desde los inicios de la carrera había dejado. No me incomoda tanto como esperaba. De hecho, reconozco que me ha venido bien, pues ahora llego temprano a todos lados, aprovecho para hacer lo más que pueda en el mismo lugar y día, puedo leer en ese lapso en que me sumerjo en el tráfico, y cuando consigo “ride”, me encanta platicar con la gente sobre sus vidas, la mía… porque al final, todos vivimos la misma vida, o por lo menos tenemos vidas más similares de lo que imaginamos.
El momento más difícil es la mañana. Conseguir transporte a las 6:15 AM no es una apuesta segura en Ciudad de México, así que uso el de la escuela. No me había percatado, pero en la parada siguiente a la mía lo abordan unos gemelos idénticos pelirrojos adolescentes. Ayer uno de ellos se sentó junto a mi, y su hermano se sentó en la misma fila. Score!
Ese día fue excepcionalmente bueno; no porque hubiera visto a dos pelirrojos precisamente. No creo en aquella superstición. Sin embargo, me sentí realmente afortunada por el simple hecho de asombrarme por la presencia y disfrutar la proximidad de un par de gemelos lindos, adolescentes… y pelirrojos.
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