El fin de semana, la noche me daba bastante miedo. Antes de dormir, tengo el hábito de pensar en cosas que aprendí o que me llamaron la atención, o personas que conocí. Pero estaba muy triste y muy enojada como para pensar en esas tonterías. Tenía demasiada energía potencial, así que decidí transformarla en cinética y salí a correr a media noche. Tomé el iPod y las llaves. Primero pasé por el epicentro de la catástrofe y me senté, esperando que algo sucediera: no sé, lágrimas, un rayo de luz proveniente del cielo… pero nada. Me di cuenta de que a ambos lados de la banquita había basureros. Mmmmm, genial. Entonces, mi señal llegó: All Fired Up, de Interpol. No tiene nada que ver con lo que pasó, pero me hizo levantarme como un resorte y empecé a caminar, y luego a correr. Atravesé la ciudad de ida y vuelta. Había mucha gente en las calles aún, y a medida que me acercaba al centro de Madrid estaban más borrachos y feos, pero no me importaba… seguro yo les daba más miedo a ellos. De verdad, la rabia se drenaba por mis poros y la tristeza se caía con cada zancada. Veía las esculturas y los edificios y quería ser como ellos: enorme, hermosa, resistente, inmortal, legendaria. Fue increíble.
Llegué a casa a las 3:30 de la madrugada. Las piernas me cosquilleaban riquísimo, la piel estaba húmeda, mi cabello se había rizado. Me vi en el espejo y vi algo bonito. Dormí como un bebé. Esa noche fundé mi propio Club de la Pelea.
Desperté a las 10, adolorida, pero no de las piernas. Ya no estaba triste ni enojada. Tenía una claridad mental que me sorprendió. Repasé textos y subtextos y fue como ver mi propia cirugía de corazón abierto: entender qué había fallado y por qué dolía tanto.
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