Tres objetos

Written in

by

A finales de 2010, esos días bastardos entre navidad y nochevieja, en los que el año declina, los dediqué a hacer una mudanza. 

Estaba por cumplir 25 años y estaba lista para vivir sola. Es decir, no podía permitirme vivir sola (¿qué milenial pudo hacerlo?), pero había conseguido llegar a un acuerdo de cohabitación con una conocida, en un apartamento más cercano a mi lugar de trabajo y más conveniente al estilo de vida que quería llevar.

Primero, limpié el espacio. Después, hice que un camión recolectara algunos muebles usados que un amigo me regaló para iniciar la nueva etapa y los llevara a mi apartamento. Finalmente, hice unos cuantos viajes para mover mi ropa y mis libros. En el último viaje tomé tres objetos que no me pertenecían. Por instinto, por impulso, por previsión… no sabría decir qué pensé en el momento, pero cogí una pequeña caja de herramientas con un taladro, un tocadiscos y un álbum.

Técnicamente, robé estos objetos de mi casa. Pasó tiempo antes de que mi papá se diera cuenta, me preguntara y tuviera que admitir que yo los tenía, sin más consecuencia que un asentimiento. Me han acompañado durante más de quince años y a través de tres mudanzas. Hace poco utilicé el taladro y pude verlo de otra manera, como si el mero paso del tiempo me otorgara un presente cargado de significado.

Ese taladro naranja (y unas cuentas herramientas) lo cogí porque iba a necesitarlo para instalar cortineros, repisas, armar muebles, colgar cuadros, etc., -y porque en casa de mis padres había otro; nadie lo iba a extrañar. Sin embargo, jamás lo hubiera cogido si no me hubiera sentido capaz de usarlo. En todos los lugares donde he vivido, ese taladro ha sido el taladro de la casa, y yo la persona que hace los hoyos en la pared e instala cosas y arma muebles.

Tengo un padre con mucha inventiva y aficionado a reparar cosas. Ya fuera por economía o por valor sentimental, pasaba las tardes de sábado y mañanas de domingo desarmando, entendiendo y recomponiendo las entrañas de diversos objetos, removiendo con paciencia capas de pintura vieja y recubriendo para extender la vida de juguetes, objetos y electrónicos varios.

Cuando la tarea lo permitía, a los hijos nos invitaba a participar, dedicando así el día a transmitir los gestos de una labor hecha con cuidado, limpieza y precisión, ya fuera lijar madera, aplicar una capa de pintura, cortar madera o aplicar pegamentos fuertes. Pasar tiempo de calidad con mi padre fue participar en reparaciones, restauraciones, remodelaciones, lavar el exterior e interior de los coches con minuciosidad, revisar niveles de agua, aceite, líquido de frenos, estado de las bandas, etc.

En los albores de mi adultez, aquel taladro fue un equivalente de Rosie the Riveter diciéndome que podía hacerme cargo. Que sería capaz de utilizar mis recursos para hacer de mi vida un paraíso hecho a medida. Mi animus.

Ahora veo que reparar y mantener también son labores de cuidado y que, como a casi todo lo que existe debajo de este término, tienden a ser invisibilizadas y menospreciadas: ¿por qué reparar si puedes sustituir? ¿Para qué gastar el tiempo arreglando si puedes pasarlo consumiendo otras cosas? Y así nos perdemos todo lo que en un nivel sutil sucede cuando nos enfrentamos a una tarea de reparación, de vernos reflejados en lo que nos importa reparar. Nos perdemos la práctica de nuestro propio Kintsugi. 

El tocadiscos portátil en cuestión es un Panasonic SG515, una innovación de 1970 que mi papá también robó a su papá en algún momento. En 2010, por supuesto que yo tenía una laptop con mucha música descargada de manera legal e ilegal , un iPod y acceso a YouTube, y eso me bastaba para escuchar música. Pero también tenía mi colección de vinilos de BRMC, y fue para escucharlos que cogí ese cacharro.

El tocadiscos, a diferencia de YouTube, me recordaba una disposición particular a escuchar música, una manera especifica de apreciar un acto creativo, más que solo tener ruido de fondo. Me recordaban la alegría de la casa, las tareas colaborativas, los ritos familiares -como poner el árbol de navidad mientras escuchábamos los discos de villancicos-, pero también los gestos precisos y delicados de mi padre al desenfundar un disco, colocarlo en la tornamesa y hacer descender la aguja sin causar estruendo, justo al inicio de la pista.

Aún hoy disfruto escuchando música en ese tocadiscos que más que nunca me parece un ancla al mundo analógico, un mundo que compartí con mis ancestros y del cual en 2010 nos alejábamos a toda velocidad montados sobre el incipiente streaming.

Habiendo tomado el tocadiscos, no pude resistirme a tomar también un disco de la colección de mi padre: el álbum blanco de The Beatles. No es que yo sea muy fan de los de Liverpool, pero sin duda era como llevarme una parte de mi papá conmigo, aquella que le brindó refugio mientras las responsabilidades y el peso de la vida se acomodaban sobre sus hombros, varios años antes de que yo naciera.

Cuando salí de casa de mis padres, estos tres objetos me ayudaron a hacer la transición hacia mi adultez. Aún hoy me hacen sentir capaz, me recuerdan por qué me gusta, a veces, tomar el camino difícil, me recuerdan sentir, prestar atención, apreciar las historias y los procesos más que los resultados, me recuerdan el cuidado, el amor, la paciencia, y todo aquello que ha hecho que mi vida se sienta llena.

Tags

Categories

Leave a comment

Wait, does the nav block sit on the footer for this theme? That’s bold.

Lourdes

Woman in progress

Explore the style variations available. Go to Styles > Browse styles.