
Aquí un par de caballeros que dedicaron sus vidas a mejorar el lugar donde nacieron. Son los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, quienes de alguna manera tuvieron vidas paralelas: nacieron en el barrio de la Kalsa, en Palermo, jugaban al calcio en la Plaza Magione cuando eran niños, y se reencontraron en la Universidad, estudiaron leyes y se convirtieron en jueces.
Ninguno de los dos se propuso, en principio, combatir a la mafia, aunque compartían una postura contraria a la misma, pues crecieron siendo testigos de las masacres cotidianas en la ciudad. Durante los años 60 y 70, cada uno trabajó en casos ligados a la mafia y se toparon con un hilo del cual tirar.
Ambos participaron en investigaciones que abordaban, por primera vez, el problema de la mafia como una organización, con una estructura financiera y como un fenómeno global. Falcone implementó estrategias de inteligencia financiera en sus investigaciones, siguiendo el rastro del dinero por el mundo, y estableció redes de cooperación con Estados Unidos y Suiza. Tanto Falcone como Borsellino formaron parte del Pool AntiMafia, una estrategia de los magistrados que conducían las investigaciones para trabajar juntos, compartir información y diluir la responsabilidad entre todos, evitando así que un solo individuo se volviera un blanco de la mafia.
Su gran momento vino en 1986-87, cuando el fruto de estas investigaciones dio inicio al Maxi Juicio, que sentó en el banquillo a 475 mafiosi (o menos, pues algunos fueron tratados en ausencia), de los cuales 338 fueron condenados. Se armó un escándalo, la mafia se enojó aún más, los políticos quisieron sepultar profesionalmente a Falcone, apartándolo de las investigaciones relacionadas con la mafia, las sentencias fueron apeladas y la Suprema Corte le dio un revés, algunos mafiosos salieron de la cárcel…
En 1991, un nuevo ministro de la Suprema Corte, Claudio Martelli, invitó a Falcone a trabajar con él, en Roma. Desde esta nueva posición, a través del decreto Martelli, Falcone arregló el desastre judicial que prácticamente exoneraba a los mafiosos que habían sido procesados en el Maxi Juicio. Después, reformó el sistema de fiscalías de Italia, creando oficinas distritales para combatir a la mafia y una oficina nacional contra el crimen organizado.
Yo tenía cinco años cuando, en Capaci, Sicilia, media tonelada de explosivos hacían saltar por los aires una carretera, segando las vidas de Falcone, su esposa y tres de sus guardaespaldas. Menos de dos meses después, Borsellino fue asesinado por un coche bomba, en Palermo. Decenas de funcionarios y policías, antes de ellos, también fueron víctimas de la mafia, pero no a todos los mataron con media tonelada de explosivos. 32 años después de este acontecimiento conocí Palermo, inevitablemente ligada a sus historias y legados.
Me conmueve y me llena de vida que, a pesar de toda la producción cultural que ha engrandecido a la mafia durante décadas, este par de caballeros sean queridos y honrados en su ciudad natal. Sus historias son las de héroes de nuestros días y como tal son recordados.
El mural está ubicado, por supuesto, en el barrio de la Kalsa.
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